lunes, 18 de mayo de 2009

Don Chico que vuela

DON CHICO QUE VUELA
Un cuento de Eraclio Zepeda

Te paras al borde del abismo y ves al pueblo vecino, enfrente, en el cerro que se empina ente tus ojos, subiendo entre nubes bajas y neblinas altas: adivinas los ires y venires de su gente, sus oficios, sus destinos. Sabes que en la línea recta está muy cerca. Si caminaras al aire, en un puente de hamaca, suspendido entre los cerros, podrías llegar como el pensamiento, en un instante.Y sin embargo el camino real, el camino verdadero, te desploma hasta los pies del cerro, bajando por vericuetos difíciles, entre barrancas y cascadas, entre piedras y caídas, hasta llegar al fondo de la quebrada donde corre espumeando el gran caudal del río que debes cruzar a fuerza, para iniciar el asenso metro tras metro. Muchas horas después llegas cansado, lleno de sudor y lodo y volteas la cabeza para ver tu propio pueblo a distancia, como antes viste la plaza en la que estás ahora.Ahí es donde le das la razón a don Pacífico Muñoz, don Chico, quien no soporta estas distancias que tú has caminado y dice que ir a pie es inútil y a caballo tontería, que para estas tierras volar es indispensable.Hace años que le escuchaste los primeros proyectos de vuelo y contravuelo. Fue cuando sentado, como tú ahora, al borde del abismo viendo al otro pueblo, dijo dándose un manotazo en las rodillas.- Si no es tanto lo encogido de estas tierras sino lo arrugado. Montañas y montañas acrecentando las distancias. Si a este estado lo plancharan le ganábamos a Chihuahua . . . ¡Y ya vuelto llano a caminar más rápido! Pero así como estamos, sólo vueltos pájaros para volar quisiéramos.Y así fue como la locura del vuelo se le fue colocando entre oreja y oreja a don Chico, como un sombrero de ensueño.Volar fue la única pasión que le impulsaba en el día, a otro día, a otro mes, para seguir viviendo un año y otro año más. Si no fuera por el ansia del vuelo habría muerto de tristeza desde hace mucho tiempo, como tú me comentaste el otro día.Don Chico subía, tú lo viste muchas veces, al cerro más alto para contemplar las distantes montañas azules y perdidas entre el vaho que viene de la selva. Allí sentado en la piedra donde escribió su nombre, tú escuchaste muchas veces a don Chico:- La tierra desde el aire está al alcance de la mano. Los caminos son más fáciles al vuelo. Qué cerca están los mercados y las plazas a ojo de pájaro. Los valles y los ríos y las cañadas y cañones, los campos sembrados, los ganados en potreros lejanos, las ciudades nuevas y las viejas construcciones perdidas en la selva y al fondo el mar.Don Chico inventaba una prodigiosa geografía expuesta a los ojos en vuelo, ávidos ojos tratando de reconocer ranchos y rancherías, vados y ríos, caminos, pueblos, lagos y montañas vistas desde arriba, desde el sueño, desde el aire de un sueño.Don Chico regresa al pueblo, con la boca seca, abrasada por la fiebre de la aventura que le espesa la lengua, le ves llegar a la plaza y tomar de la fuente agua con las manos, enjuagarse, refrescarse la cara y declarar muy serio:- Señoras y señores, voy a volar . . .Recordarás como todos subimos y bajamos la cabeza para decirle que sí, que como no, que claro don Chico que vuela, y por dentro sentiste la risa alborotando el pecho y la barriga y tú aguantándote.Don Chico entró a su casa, cogió una gallina, la pesó minuciosamente, anotó la lectura de la báscula, midió la distancia que va de punta a punta de las alas, anotó eso también, acarició a la gallina y la regresó al corral.Inventó un complicado cálculo para conocer la secreta relación existente entre el peso del animal y el tamaño de las alas que permite vencer la gravedad y levantar el vuelo.Don Chico dudó un instante si era adecuado tomar una gallina para tal experimento. Una paloma de vuelo largo habría sido mejor. Pero en su corral no había palomas.Habiendo encontrado al fórmula que explica la relación entre el peso de la gallina y el tamaño de sus alas, se pesó él mismo, anotó la lectura y, aplicando la fórmula descubierta, calculó el tamaño de las alas que habría de construirse para poder volar. Apuntó la cifra en su libreta, se frotó las manos y se fue al parque.El problema era ahora el diseño de las alas. Pensó que el mejor material era el carrizo, ligero y fuerte. Se detuvo un momento para dibujar con un palito sobre la tierra el esquema de su estructura. Satisfecho lo borró con el pie izquierdo y grabado en la memoria lo llevó a su casa.Para recubrir la estructura nada mejor que el tejido del petate, la dúctil alfombra de palma.Una vez que hubo construido las alas, descubrió molesto que eran pesadas para sus fuerzas. Recordó la relación entre las alas y el peso de la gallina y no se atrevió a modificarla.Se suscribió a una revista sueca donde aparecían lecciones de gimnasia y dedicó algunos años a esta dura disciplina. Satisfecho sintió cómo aumentaban sus bíceps, crecían sus tríceps, se endurecían sus músculos abdominales, se marcaban nítidamente los dorsales y una potencia sentía nacer don Chico desde el centro de su cuerpo.En el año sexto de su experimento movía con destreza las alas. Con sus brazos aleteaba movimientos llenos de gracia, en un simulacro de vuelo, no de gallina torpe sino de agilísima paloma.En el pueblo había un orgullo compartido. Don Chico prometió volar antes de las fiestas patrias y se le invitaba a los patios a simular el arte complejo del vuelo. Acudía siempre hasta que descubrió que tales convivios no eran nacidos de la admiración a su técnica sino tan sólo el interés de producir ventarrones en el patio que barrieran de hojas y basura todo el poso.Unos días antes de las fiestas patrias alguien levantó la cabeza. No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús el primero que lo vio. Lo que sí se sabe que al instante todo el pueblo levantó la cabeza y vimos a don Chico Arriba del campanario con las alas puestas, iniciando cauteloso el aleteo que habría de conducirlo a la gloria. Detenía a veces el movimiento. Se mojaba con saliva el dedo y comprobaba la dirección del viento, abría de par en par las alas y descansaba la cabeza sobre el hombro, semejante a nuestro viejo escudo nacional. De pronto reinició el aleteo, arresortó la pierna derecha contra el muro del campanario para tomar impulso, apuntó el pie izquierdo hacia El porvenir, que tal era el nombre de la cantina que está enfrente de la iglesia y se dispuso a iniciar la epopeya. Alguien le preguntó tocándole la punta del ala izquierda:- ¿Va usted a volar, don Chico?- Seguro, respondió.- ¿Y . . . llegará lejos, don Chico?- Lejísimo.- ¿Y de altura, don Chico?- Altísimo.- ¿Al cielo llegará, don Chico?- Al cielo mismo.La cara de aquel que preguntaba se iluminó:- Por vida suya, don Chico, llévele al cielo éste queso a mi mamá que se murió con el antojo.Don Chico aceptó con ligereza el queso, buscando deshacerse del impertinente sin considerar el error que habría cometido. No se sabe si fue Ramón o Martín o Jesús, el primero que hizo el encargo al otro mundo. Lo que sí se sabe es que al instante todo el pueblo subió al campanario y don Chico siguió aceptando quesos y chorizos, dulces y aguardiente, tostadas y jamones para llevar al cielo.Cuando don Chico resorteó la pierna derecha, siguiendo la dirección al porvenir, abrió el espectáculo grandioso de sus alas. El pueblo escuchó el estruendo de carrizos rompiéndose y petates rasgándose en el aire y quesos rodando por la calle.Cuando el silencio volvió, alguien dijo: - Lo mató el sobrepeso. Si no fuera por los encarguitos, don Chico vuela.

domingo, 17 de mayo de 2009

La mujer que no


La mujer que no
Jorge Ibargüengoitia

Debo ser disctreto. No quiero comprometerla. La llamaré... En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya. Junto con las de otras gentes y un pa­ñuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién. O mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional. La foto de que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus gran­des ojos almendrados, el pelo restirado hacia atrás, dejando a descubierto dos orejas enormes, tan cerca­nas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo... su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.


Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cer­canos a la Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y trescientos pesos en la bolsa. Era un medio­día brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. “Jorge”, me dijo. Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una doce­na de veces era mucho. Le puse una mano en la gar­ganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns. En la mesa, puse mi mano sobre la suya y la apreté hasta que noté que se le torcían las piernas; su mamá me recordó que su hija era decente, casada y. con hijos, que yo había te­nido mi oportunidad trece años antes y que no la había aprovechado. Esta aclaración moderó mis impul­sos primarios y no intenté nada más por el momento. Salimos de Sanborns y fuimos caminando por la alameda, entre las estatuas pornográficas, hasta su coche, que estaba estacionado muy lejos. Fue ella, entonces, quien me tomó de la mano y con el dedo de enmedio, me rascó la palma, hasta que tuve que meter mi otra mano en la bolsa, en un intento desesperado de aplacar mis pasiones. Por fin llegamos al coche, y mientras ella se subía, comprendí que trece años antes no sólo había perdido sus piernas, su boca maravillosa y sus nalgas tan saludables y bien desarrolladas, sino tres o cuatro millones de muy buenos pesos. Fuimos a dejar a su mamá que iba a comer no importa dónde. Seguimos en el coche, ella y yo solos y yo le dije lo que pensaba de ella y ella me dijo lo que pensaba de mí. Me acerqué un poco a ella y ella me advirtió que estaba sudorosa, porque tenía un oficio que la hacía sudar. “No importante, no importa.” Le dije olfateándola. Y no importaba. Entonces, le jalé el cabello, le mordí el pescuezo y le apreté la panza... hasta que chocamos en la esquina de Tamaulipas y Sonora.

Después del accidente, fuimos al SEP de Tamauli­pas a tomar ginebra con quina y nos dijimos primores.

La separación fue dura, pero necesaria, porque ella tenía que comer con su suegra. “¿Te veré?” “Nunca más.” “Adiós, entonces.” “Adiós.” Ella desapareció en Insurgentes, en su poderoso automóvil y yo me fui a la cantina el Pilón, en donde estuve tomando mezcal de San Luis Potosí y cerveza, y discutiendo sobre la divinidad de Cristo con unos amigos, hasta las siete y media, hora en que vomité. Después me fui a Bellas Artes en un taxi de a peso.

Entré en el foyer tambaleante y con la mirada torva. Lo primero que distinguí, dentro de aquel mar de personas insignificantes, como Venus saliendo de la concha... fue a ella. Se me acercó sonriendo apenas, y me dijo: “Búscame mañana, a tal hora, en tal par­te”; y desapareció.

¡Oh, dulce concupiscencia de la carne! Refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, alivio de los enfermos mentales, diversión de los pobres, esparci­miento de los intelectuales, lujo de los ancianos. ¡Gra­cias, Señor, por habernos concedido el uso de estos artefactos, que hacen más que palatable la estancia en este Valle de Lágrimas en que nos has colocado!


Al día siguiente acudí a la cita con puntualidad. Entré en el recinto y la encontré ejerciendo el oficio que la hacía sudar copiosamente. Me miró satisfecha, orgullosa de su pericia y un poco desafiante, y también como diciendo: “Esto es para ti.” Estuve absorto durante media hora, admirando cada una de las partes de su cuerpo y comprendiendo por primera vez la esencia del arte a que se dedicaba. Cuando hubo terminado, se preparó para salir, mirándome en silen­cio; luego me tomó del brazo de una manera muy elocuente, bajamos una escalera y cuando estuvimos en la calle, nos encontramos frente a frente con su chingada madre.

Fuimos de compras con la vieja y luego a tomar café a Sanborns otra vez. Durante dos horas estuve conteniendo algo que nunca sabré si fue un sollozo o un alarido. Lo peor fue que cuando nos quedamos solos ella y yo, empezó con la cantaleta estúpida de: “¡Gracias, Dios mío, por haberme librado del asqueroso pecado de adulterio que estaba a punto de cometer!” Ensayé mis recursos más desesperados, que consisten en una serie de manotazos, empujones e intentos de homicidio por asfixia, que con algunas mujeres tienen mucho éxito, pero todo fue inútil; me bajó del coche a la altura de Félix Cuevas.

Supongo que se habrá conmovido cuando me vio parado en la banqueta, porque abrió su bolsa y me dio el retrato famoso y me dijo que si algún día se decidía (a cometer el pecado), me pondría un telegrama.


Y esto es que un mes después recibí, no un tele­grama, sino un correograma que decía: “Querido Jorge: búscame en el Konditori, el día tantos a tal hora (p. m.) Firmado: Guess who? (advierto al lector no avezado en el idioma inglés que esas palabras sig­nifican “adivina quién”). Fui corriendo al escritorio, saqué la foto y la contemplé pensando en que se acer­caba al fin la hora de ver saciados mis más bajos instintos.

Pedí prestado un departamento y también dinero; me vestí con cierto descuido pero con ropa que me quedaba bien, caminé por la calle de Génova durante el atardecer y llegué al Konditori con un cuarto de hora de anticipación. Busqué una mesa discreta, por­que no tenía caso que la vieran conmigo un centenar de personas, y cuando encontré una me senté mirando hacia la calle; pedí un café, encendí un cigarro y es­peré. Inmediatamente empezaron a llegar gentes co­nocidas, a quienes saludaba con tanta frialdad que no se atrevían a acercárseme.

Pasaba el tiempo.

Caminando por la calle de Génova pasó la joven N., quien en otra época fuera el Amor de mi Vida, y desapareció. Yo le di gracias a Dios.

Me puse a pensar en cómo vendría vestida y luego se me ocurrió que en dos horas más iba a tenerla entre mis brazos, desvestida...

La joven N. volvió a pasar, caminando por la calle de Génova, y desapareció. Esta vez tuve que ponerme una mano sobre la cara, porque la joven N. venía mirando hacia el Konditori.

Era la hora en punto. Yo estaba bastante nervioso, pero dispuesto a esperar ocho días si era necesario, con tal de tenerla a ella, tan tersa, toda para mí.

Y entonces, que se abre la puerta del Konditori, entra la joven N., que fuera el Amor de mi Vida, cruza el restorán y se sienta enfrente de mí, sonriendo y preguntándome: “Did you guess right?”

Solté la carcajada. Estuve riéndome hasta que la joven N. se puso incómoda; luego, me repuse, plati­camos un rato apaciblemente y por fin, la acompañé a donde la esperaban unas amigas para ir al cine.


Ella, con su marido y sus hijos, se habían ido a vivir a otra parte de la República.

Una vez, por su negocio, tuve que ir precisamente a esa ciudad; cuando acabé lo que tenía que hacer el primer día, busqué en el directorio el número del teléfono de ella y la llamé. Le dio mucho gusto oír mi voz y me invitó a cenar.

La puerta tenía aldabón y se abría por medio de un cordel. Cuando entré en el vestíbulo, la vi a ella, al final de una escalera, vestida con unos pantalones verdes muy entallados, en donde guardaba lo mejor de su personalidad. Mientras yo subía la escalera, nos mirábamos y ella me sonreía sin decir nada. Cuando llegué a su lado, abrió los brazos, me los puso alrededor del cuello y me besó. Luego, me tomó de la mano y mientras yo la miraba estúpidamente, me condujo a través de un patio, hasta la sala de la casa y allí, en un couch, nos dimos entre doscientos y trescientos besos... Hasta que llegaron sus hijos del parque. Des­pués, fuimos a darles de comer a los conejos.

Uno de los niños, que tenía complejo de Edipo, me escupía cada vez que me acercaba a ella, gritando todo el tiempo: “¡Es mía!” Y luego, con una impu­dicia verdaderamente irritante, le abrió la camisa y metió ambas manos para jugar con los pechos de su mamá, que me miraba muy divertida. Al cabo de un rato de martirio, los niños se acostaron y ella y yo nos fuimos a la cocina, para preparar la cena. Cuando ella abrió el refrigerador, empecé mi segunda ofen­siva, muy prometedora, por cierto, cuando llegó el marido. Me dio un ron Batey y me llevó a la sala en donde estuvimos platicando no sé qué tonterías. Por fin estuvo la cena. Nos sentamos los tres a la mesa, cenamos y cuando tomábamos el café, sonó el telé­fono. El marido fue a contestar y mientras tanto, ella empezó a recoger los platos, y mientras tanto, tam­bién, yo le tomé a ella la mano y se la besé en la palma, logrando, con este acto tan sencillo, un efecto mucho mayor del que había previsto: ella salió del comedor tambaleándose, con un altero de platos su­cios. Entonces regresó el marido poniéndose el saco y me explicó que el telefonazo era de la terminal de camiones, para decirle que acababan de recibir un revólver Smith & Wesson calibre 38 que le mandaba su hermano de México, con no recuerdo qué objeto; el caso es que tenía que ir a recoger el revólver en ese momento; yo estaba en mi casa: allí estaba el ron Batey, allí, el tocadiscos, allí, su mujer. Él regresaría en un cuarto de hora. Exeunt severaly: él vase a la calle; yo, voyme a la cocina y mientras él encendía el motor de su automóvil, yo perseguía a su mujer. Cuando la arrinconé, me dijo: “Espérate” y me llevó a la sala. Sirvió dos vasos de ron, les puso un trozo de hielo a cada uno, fue al tocadiscos, lo encendió, tomó el disco llamado Le Sacre du Sauvage, lo puso y mientras empezaba la música brindarnos: habían pasado cuatro minutos. Luego, empezó a bailar, ella sola. “Es para ti”, me dijo. Yo la miraba mientras calculaba en qué parte del trayecto estaría el marido, llevando su mortífera Smith & Wesson calibre 38. Y ella bailó y bailó. Bailó las obras completas de Chet Baker, porque pasaron tres cuartos de hora sin que el marido regresara, ni ella se cansara, ni yo me atreviera a hacer nada. A los tres cuartos de hora decidí que el marido, con o sin Smith & Wesson, no me asustaba nada. Me levanté de mi asiento, me acerqué a ella que seguía bailando como poseída y, con una fuerza completamente desacostumbrada en mí, la levanté en vilo y la arrojé sobre el couch. Eso le en­cantó. Me lancé sobre ella como un tigre y mientras nos besarnos apasionadamente, busqué el cierre de sus pantalones verdes y cuando lo encontré, tiré de él... y ¡mierda!, ¡que no se abre! Y no se abrió nunca. Estuvimos forcejando, primero yo, después ella y por fin los dos, y antes regresó el marido que nosotros pudiéramos abrir el cierre. Estábamos ja­deantes y sudorosos, pero vestidos y no tuvimos que dar ninguna explicación.


Hubiera podido, quizá, regresar al día siguiente a terminar lo empezado, o al siguiente del siguiente o cualquiera de los mil y tantos que han pasado desde entonces. Pero, por una razón u otra nunca lo hice. No he vuelto a verla. Ahora, sólo me queda la foto que tengo en el cajón de mi escritorio, y el pensamiento de que las mujeres que no he tenido (como ocurre a todos los grandes seductores de la his­toria), son más numerosas que las arenas del mar.


martes, 24 de marzo de 2009

Obra Maestra

OBRA MAESTRA
Ramón López Velarde

El tigre medirá un metro. Su jaula tendrá algo más de un metro cuadrado. La fiera no se da punto de reposo. Judío errante sobre sí mismo, describe el signo del infinito con tan maquinal fatalidad, que su cola, a fuerza de golpear contra los barrotes, sangra de un solo sitio.
El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad. No retrocede ni avanza.
Para avanzar, necesita ser padre. Y la paternidad asusta porque sus responsabilidades son eternas.
Con un hijo, yo perdería la paz para siempre. No es que yo quiera dirimir esta cuestión con orgullos o necias pretensiones. ¿Quién enmendará la plana de la fecundidad? Al tomar el lápiz me ha hecho temblar el riesgo del sacrilegio, por más que mis conclusiones se deriven, precisamente de lo que en mi puede haber de clemencia, de justicia, de vocación al ideal y hasta de cobardía.
Espero que mi humildad no sea ficticia, como no lo es mi miedo de dar a la vida un solo calificativo: el de formidable.
en acatamiento a la bondad que lucha con el mal, quisiera ponerme de rodillas para seguir trazando estos renglones temerarios. Dentro de mi temperamento, echar a rodar nuevos corazones sólo se concibe por una fe continua y sin sombras o por un amor extremo.
Somos reyes, porque con las tijeras previas de la noble sinceridad podemos salvar de la pesadilla terrestre a los millones de hombres que cuelgan de un beso. La ley de la vida diaria parece ley de mendicidad y de asfixia; pero el albedrío de negar la vida es casi divino.
Quizá mientras me recreo con tamaña potestad, reflexiona en mí la mujer destinada a darme el hijo que valga más que yo. A las señoritas les es Concedido de lo Alto repetir, sin irreverencia, las palabras de la Señora Única: “He aquí la esclava”… Y mi voluntad, en definitiva, capitula a un golpe de pestaña.
Pero mi hijo negativo lleva tiempo de existir. Existe entre la gloria trascendental de que ni sus hombres ni su fuente se agobien con las pesas del horror, de la santidad, de la belleza y del asco. Aunque es inferior a los invertebrados, en cuanto que carece de la dignidad del sufrimiento, vive dentro del mío como el ángel absoluto, prójimo de la especie humana. Hecho de rectitud, de angustia, de intransigencia, de furor de gozar y de abnegación, el hijo que no he tenido es mi verdadera obra maestra.

domingo, 8 de febrero de 2009


Nocturno a Rosario
Manuel Acuña
I
¡Pues bien! yo necesito

decirte que te adoro

decirte que te quiero

con todo el corazón;

que es mucho lo que sufro,

que es mucho lo que lloro,

que ya no puedo tanto

al grito que te imploro,

te imploro y te hablo en nombre

de mi última ilusión.
II

Yo quiero que tu sepas

que ya hace muchos días

estoy enfermo y pálido

de tanto no dormir;

que ya se han muerto todas

las esperanzas mías,

que están mis noches negras,

tan negras y sombrías,

que ya no sé ni dónde

se alzaba el porvenir.

III

De noche, cuando pongo

mis sienes en la almohada

y hacia otro mundo quiero

mi espíritu volver,

camino mucho, mucho,

y al fin de la jornada

las formas de mi madre

se pierden en la nada

y tú de nuevo vuelves

en mi alma a aparecer.

IV

Comprendo que tus besos

jamás han de ser míos,

comprendo que en tus ojos

no me he de ver jamás,

y te amo y en mis locos

y ardientes desvaríos

bendigo tus desdenes,

adoro tus desvíos,

y en vez de amarte menos

te quiero mucho más.

V

A veces pienso en darte

mi eterna despedida,

borrarte en mis recuerdos

y hundirte en mi pasión

mas si es en vano todo

y el alma no te olvida,

¿Qué quieres tú que yo haga,

pedazo de mi vida?

¿Qué quieres tu que yo haga

con este corazón?

VI

Y luego que ya estaba

concluído tu santuario,

tu lámpara encendida,

tu velo en el altar;

el sol de la mañana

detrás del campanario,

chispeando las antorchas,

humeando el incensario,

y abierta alla a lo lejos

la puerta del hogar...

VII

¡Qué hermoso hubiera sido

vivir bajo aquel techo,

los dos unidos siempre

y amándonos los dos;

tú siempre enamorada,

yo siempre satisfecho,

los dos una sola alma,

los dos un solo pecho,

y en medio de nosotros

mi madre como un Dios!

VIII

¡Figúrate qué hermosas

las horas de esa vida!

¡Qué dulce y bello el viaje

por una tierra así!

Y yo soñaba en eso,

mi santa prometida;

y al delirar en ello

con alma estremecida,

pensaba yo en ser bueno

por tí, no mas por ti.

IX

¡Bien sabe Dios que ese era

mi mas hermoso sueño,

mi afán y mi esperanza,

mi dicha y mi placer;

bien sabe Dios que en nada

cifraba yo mi empeño,

sino en amarte mucho

bajo el hogar risueño

que me envolvió en sus besos

cuando me vio nacer!

X

Esa era mi esperanza...

mas ya que a sus fulgores

se opone el hondo abismo

que existe entre los dos,

¡Adiós por la vez última,

amor de mis amores;

la luz de mis tinieblas,

la esencia de mis flores;

mi lira de poeta,

mi juventud, adiós!

Eva


Eva

Manuel M. Flores
A Rosario de la Peña

Era la sexta aurora. Todavía
el ámbito profundo
del éter, el Fiat-lux estremecía;
era el sereno despertar del mundo,
del tiempo en la niñez...
Amanecía,
y del Criador la mano soberana
ceñía en gasas de topacio y rosa,
como la casta frente de una esposa,
la frente virginal de la mañana.
Rodaban en la atmósfera ligera
las olas de oro de la luz primera,
y levantando, púdica su velo
Primavera gentil, rica de galas,
iba en los campos vírgenes del suelo
regando flores al batir sus alas.

El monte azul, su cumbre de granito
dejando acariciar por los celajes
dispersos en el éter infinito,
en campos desplegaba de esmeralda
la exuberante falda
de sus bosques tranquilos y salvajes.
Y cortinas de móviles follajes,
cascada de verdura
cayendo en los barrancos,
daban sombra y frescura
a grutas que fragantes tapizaban
rosas purpúreas y jazmines blancos...
El denso bosque, presintiendo el día
poblaba su arboleda de rumores,
el agua alegre y juguetona huía
entre cañas y juncos tembladores,
el ángel de la niebla sacudía
las gotas de sus alas en las flores,
y flotaba la Aurora en el espacio
envuelta en sus cendales de topacio.
Era la hora nupcial. Dormía la tierra
como una virgen bajo el casto velo,
y el regio sol, al sorprenderla amante,
para besarla, iluminaba el cielo.
Era la hora nupcial. Todas las olas
de los ríos, las fuentes y los mares,
en un coro inefable preludiaban
un ritmo del Cantar de los Cantares
El incienso sagrado del perfume
exhalado de todas las corolas,
flotaba derramado en los céfiros
que al rumor de sus alas ensayaban
un concierto de besos y suspiros;
y cuantas aves de canoro acento,
se pierden en las diáfanas regiones,
inundaban de músicas el viento
desatando el raudal de sus canciones.

Era la hora nupcial. Naturaleza,
de salir de su caos aun deslumbrada
ebria de juventud y de belleza,
virginal y sagrada,
velándose en misterio y poesía,
sobre el tálamo en rosas de la tierra
al hombre se ofrecía.
¡El hombre...! Allá en el fondo,
más secreto del bosque, do la sombra
era más tibia del gentil palmero
y más mullida la musgosa alfombra
y más rico y fragante el limonero;
donde más lindas se tupían las flores
y llevaba la brisa más aromas,
la fuente más rumores,
y trinaban mejor los ruiseñores,
y lloraban, más dulces las palomas;
do, más bellos tendía
sus velos el crepúsculo indeciso,
allí el hombre dormía,
aquel era su hogar, el Paraíso.

El mundo inmaculado
se mostraba al nacer grande y sereno;
Dios miraba lo creado
y hallaba que era bueno...
Bañado en esplendor, lleno de aurora
de aquel instante en la sagrada calma,
a la sombra dormido de la palma,
y del césped florido en el regazo
estaba Adán, la varonil cabeza
en el robusto brazo,
y esparcida a la brisa juguetona
la melena gentil; pero la altiva
frente predestinada a la corona,
la noble faz augusta de belleza
en medio de su sueño revelaba
severa y melancólica tristeza.
El aura matinal en blando giro
su frente acariciaba, y suavemente
su pecho respiraba;
pero algo como el soplo de un suspiro
por su labio entreabierto resbalaba.
¿Sufría...? En tal retiro,
sólo el Creador con el dormido estaba.
Era el hombre primero, era el momento
primero de su vida, y ya, su labio
bosquejaba la voz del sufrimiento.
La inmensa vida palpitaba en torno,
pero él estaba solo. El aislamiento
trasformaba en proscrito al soberano...
Entonces el Creador tendió su mano
y el costado de Adán tocó un instante.
Suave, indecisa, sideral, flotante,
como el leve vapor de las espumas,
cual blanco rayo de la luna, errante
en un girón de tenebrosa brumas,
emanación castísima y serena,
del cáliz virginal de la azucena,
perla viviente de la aurora hermosa,
ampo de luz del venidero día,
condensado en la forma voluptuosa
de un nuevo ser que vida recibía,
una blanca figura luminosa
alzose junto a Adán... Adán dormía.
¡La primera mujer! Fúlgido cielo
que bañaste en tu lumbre
la mañana primer de las mañanas,
¿viste luego, en la vasta muchedumbre
de las hijas humanas,
alguna más gentil, más hechicera,
más ideal que la mujer primera?

La misma mano que vistió la tierra
de azules horizontes,
los campos de esmeralda,
y de nieve la cumbre de los montes
y de verde oscurísimo su falda;
la que en las olas de la mar sombría
alza penachos de brillante espuma,
y corona de arcoiris y de bruma
la catarata rápida y bravía;
la que, tiñe con mágicos colores
las plumas de las aves y las flores;
la que tan bellos pinta esos celajes
de oro y ópalo y púrpura que forman
del cielo de la tarde los paisajes;
la que cuelga en el éter cristalino
el globo opaco de la luna fría
y en el cenit espléndido levanta
la corona del sol que lanza el día:
la que al tender el transparente velo
del ancho firmamento, como rastros
de sus dedos de luz dejó en el cielo
el polvo fulgoroso de los astros;
la mano que en la gran Naturaleza,
pródiga vierte peranal hechizo,
la del Eterno Dios de la belleza,
¡oh primera mujer... esa te hizo!

La dulce palidez de la azucena
que se abre con la aurora
y el casto rayo de la luna llena,
dejaron en su faz encantadora
la pureza y la luz. Los frescos labios
como la rosa purpurina, rojos,
esa mirada en que fulgura el alma
en los rasgados y brillantes ojos

y por el albo cuello,
voluptuoso crespón de sus hechizos,
la opulenta cascada del cabello
cayendo en olas de flotantes rizos...

Su casta desnudez iluminaba,
su labio sonreía,
su aliento perfumaba
y el mirar de sus ojos encendía
una inefable luz que se mezclaba
del albor al crepúsculo indeciso...
Eva era el alma en flor del Paraíso.

Y de ella en derredor, rica la vida,
se agitaba dichosa;
Naturaleza toda palpitante,
como a la virgen trémula el amante
la envolvía cariñosa.
Las brisas y las hojas le cantaban
la canción del susurro melodioso;
al compás de las fuentes que rodaban
su raudal cristalino y sonoroso;
en torno cefirillos voladores
su cabello empapaban con aromas,
suspiraban pasando los rumores
y trinaban mejor los ruiseñores
y lloraban más dulce las palomas;
en tanto que las rosas extasiadas,
húmedas ya con el celeste riego,
temblando de cariño a su presencia
su pie bañaban de fragante esencia
y le inclinaban a besarle luego.

Iba a salir el sol, amanecía,
y a la plácida sombra del palmero,
tranquilo Adán dormía.
Su frente majestuosa acariciaba
el ala de la brisa que pasaba
y su labio entreabierto sonreía.

Eva le contemplaba
sobre el inquieto corazón las manos,
húmedos y cargados de ternura
los ya lánguidos ojos soberanos;
y poco a poco, trémula, agitada,
sintiendo dentro el seno, comprimido
del corazón el férvido latido;
sintiendo que potente, irresistible,
algo inefable que en su ser había
sobre los labios del gentil dormido
los suyos atraía,
inclinóse sobre él...

Y de improviso
se oyó el ruido de un beso palpitante,
se estremeció de amor el Paraíso...
¡y alzó su frente el sol en ese instante!

domingo, 23 de noviembre de 2008

Carta de Sor Filotea


Carta de Sor Filotea de la Cruz


Señora mía: He visto la carta de V. md. en que impugna las finezas de Cristo que discurrió el Reverendo Padre Antonio de Vieira en el Sermón del Mandato con tal sutileza que a los más eruditos ha parecido que, como otra Águila del Apocalipsis, se había remontado este singular talento sobre sí mismo, siguiendo la planta que formó antes el Ilustrísimo César Meneses, ingenio de los primeros de Portugal; pero a mi juicio, quien leyere su apología de V. md. no podrá negar que cortó la pluma más delgada que ambos y que pudieran gloriarse de verse impugnados de una mujer que es honra de su sexo.
Yo, a lo menos, he admirado la viveza de los conceptos, la discreción de sus pruebas y la enérgica claridad con que convence el asunto, compañera inseparable de la sabiduría; que por eso la primera voz que pronunció la Divina fue luz, porque sin claridad no hay voz de sabiduría. Aun la de Cristo, cuando hablaba altísimos misterios entre los velos de las parábolas, no se tuvo por admirable en el mundo; y sólo cuando habló claro, mereció la aclamación de saberlo todo. éste es uno de los muchos beneficios que debe V. md. a Dios; porque la claridad no se adquiere con el trabajo e industria: es don que se infunde con el alma.
Para que V. md. se vea en este papel de mejor letra, le he impreso; y para que reconozca los tesoros que Dios depositó en su alma, y le sea, como más entendida, más agradecida: que la gratitud y el entendimiento nacieron siempre de un mismo parto. Y si como V. md. dice en su carta, quien más ha recibido de Dios está más obligado a la correspondencia, temo se halle V. md. alcanzada en la cuenta; pues pocas criaturas deben a Su Majestad mayores talentos en lo natural, con que ejecuta al agradecimiento, para que si hasta aquí los ha empleado bien (que así lo debo creer de quien profesa tal religión), en adelante sea mejor.
No es mi juicio tan austero censor que esté mal con los versos --en que V. md. se ha visto tan celebrada--, después que Santa Teresa, el Nacienceno y otros santos canonizaron con los suyos esta habilidad; pero deseara que les imitara, así como en el metro, también en la elección de los asuntos.
No apruebo la vulgaridad de los que reprueban en las mujeres el uso de las letras, pues tantas se aplicaron a este estudio, no sin alabanza de San Jerónimo. Es verdad que dice San Pablo que las mujeres no enseñen; pero no manda que las mujeres no estudien para saber; porque sólo quiso prevenir el riesgo de elación en nuestro sexo, propenso siempre a la vanidad. A Sarai la quitó una letra la Sabiduría Divina, y puso una más al nombre de Abram, no porque el varón ha de tener más letras que la mujer, como sienten muchos, sino porque la i añadida al nombre de Sara explicaba temor y dominación. Señora mía se interpreta Sarai; y no convenía que fuese en la casa de Abraham señora la que tenía empleo de súbdita.
Letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente. Notorio es a todos que el estudio y saber han contenido a V. md. en el estado de súbdita, y que la han servido de perfeccionar primores de obediente; pues si las demás religiosas por la obediencia sacrifican la voluntad, V. md. cautiva el entendimiento, que es el más arduo y agradable holocausto que puede ofrecerse en las aras de la Religión.
No pretendo, según este dictamen, que V. md. mude el genio renunciando los libros, sino que le mejore, leyendo alguna vez el de Jesucristo. Ninguno de los evangelistas llamó libro a la genealogía de Cristo, si no es San Mateo, porque en su conversión no quiso este Señor mudarle la inclinación, sino mejorarla, para que si antes, cuando publicano, se ocupaba en libros de sus tratos e intereses, cuando apóstol mejorase el genio, mudando los libros de su ruina en el libro de Jesucristo. Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas; ya será razón que se perfeccionen los empleos y que se mejoren los libros.
¿Qué pueblo hubo más erudito que Egipto? En él empezaron las primeras letras del mundo, y se admiraron los jeroglíficos.
Por grande ponderación de la sabiduría de José, le llama la Sagrada Escritura consumado en la erudición de los egipcios. Y con todo eso, el Espíritu Santo dice abiertamente que el pueblo de los egipcios es bárbaro: porque toda su sabiduría, cuando más, penetraba los movimientos de las estrellas y cielos, pero no servía para enfrenar los desórdenes de las pasiones; toda su ciencia tenía por empleo perfeccionar al hombre en la vida política, pero no ilustraba para conseguir la eterna. Y ciencia que no alumbra para salvarse, Dios, que todo lo sabe, la califica por necedad.
Así lo sintió Justo Lipsio (pasmo de la erudición), estando vecino a la muerte y a la cuenta, cuando el entendimiento está más ilustrado; que consolándole sus amigos con los muchos libros que había escrito de erudición, dijo señalando a un santocristo: "Ciencia que no es del Crucificado, es necedad y sólo vanidad".
No repruebo por esto la lección de estos autores; pero digo a V. md. lo que aconsejaba Gersón: Préstese V. md., no se venda, ni se deje robar de estos estudios. Esclavas son las letras humanas y suelen aprovechar a las divinas; pero deben reprobarse cuando roban la posesión del entendimiento humano a la Sabiduría Divina, haciéndose señoras las que se destinaron a la servidumbre. Comendables son, cuando el motivo de la curiosidad, que es vicio, se pasa a la estudiosidad, que es virtud.
A San Jerónimo le azotaron los ángeles porque leía en Cicerón, arrastrado y no libre, prefiriendo el deleite de su elocuencia a la solidez de la Sagrada Escritura; pero loablemente se aprovechó este Santo Doctor de sus noticias y de la erudición profana que adquirió en semejantes autores.
No es poco el tiempo que ha empleado V. md. en estas ciencias curiosas; pase ya, como el gran Boecio, a las provechosas, juntando a las sutilezas de la natural, la utilidad de una filosofía moral.
Lástima es que un tan gran entendimiento, de tal manera se abata a las rateras noticias de la tierra, que no desee penetrar lo que pasa en el Cielo; y ya que se humille al suelo, que no baje más abajo, considerando lo que pasa en el Infierno. Y si gustare algunas veces de inteligencias dulces y tiernas, aplique su entendimiento al Monte Calvario, donde viendo finezas del Redentor e ingratitudes del redimido, hallará gran campo para ponderar excesos de un amor infinito y para formar apologías, no sin lágrimas contra una ingratitud que llega a lo sumo. O que útilmente, otras veces, se engolfara ese rico galeón de su ingenio de V. md. en la alta mar de las perfecciones divinas. No dudo que sucedería a V. md. lo que a Apeles, que copiando el retrato de Campaspe, cuantas líneas corría con el pincel por el lienzo, tantas heridas hacía en su corazón la saeta del amor, quedando al mismo tiempo perfeccionado el retrato y herido mortalmente de amor del original el corazón del pintor.
Estoy muy cierta y segura que si V. md., con los discursos vivos de su entendimiento, formase y pintase una idea de las perfecciones divinas (cual se permite entre las tinieblas de la fe), al mismo tiempo se vería ilustrada de luces su alma y abrasada su voluntad y dulcemente herida de amor de su Dios, para que este Señor, que ha llovido tan abundantemente beneficios positivos en lo natural sobre V. md., no se vea obligado a concederla beneficios solamente negativos en lo sobrenatural; que por más que la discreción de V. md. les llame finezas, yo les tengo por castigos: porque sólo es beneficio el que Dios hace al corazón humano previniéndole con su gracia para que le corresponda agradecido, disponiéndose con un beneficio reconocido, para que no represada, la liberalidad divina se los haga mayores.
Esto desea a V. md. quien, desde que la besó, muchos años ha, la mano, vive enamorada de su alma, sin que se haya entibiado este amor con la distancia ni el tiempo; porque el amor espiritual no padece achaques de mudanza, ni le reconoce el que es puro si no es hacia el crecimiento. Su Majestad oiga mis súplicas y haga a V. md. muy santa, y me la guarde en toda prosperidad.


De este Convento de la Santísima Trinidad, de la Puebla de los Ángeles, y noviembre 25 de 1690.

Su afecta servidora
Filotea de la Cruz.

martes, 11 de noviembre de 2008

Figuras retóricas

Anáfora
(Es una repetición de palabras al principio de un verso o al principio de frases semejantes)
¿Soledad, y está el pájaro en el árbol,soledad, y está el agua en las orillas,soledad, y está el viento en la nube,soledad, y está el mundo con nosotros,soledad, y estás tú conmigo solos?

Antítesis (Contraste)
(Contrapone dos ideas o pensamientos; es una asociación de conceptos por contraste. El contraste puede ser por oposición de palabras (antónimos), frases de significado contrario, etc.)
A florecer las flores madrugaron.Y para envejecerse florecieron;Cuna y sepulcro en un botón hallaron.

Elipsis
(Suprime elementos de la frase (sin perjuicio de la claridad), dotándola de brevedad, energía, rapidez y poder sugestivo.
Por una mirada, un mundo;por una sonrisa, un cielo;por un beso. . . ¡yo no séqué te diera por un beso!

Epíteto
(Es el adjetivo, que colocado delante del sustantivo, expresa una cualidad de alguna persona o cosa)
«el terrible Caín», «la blanca nieve»

Asíndeton
(Consiste en omitir las conjunciones para dar a la frase mayor dinamismo)
Acude, corre, vuela,traspasa la alta sierra, ocupa el llano,no perdones la espuela,

Polisíndeton
(Consiste en usar más conjunciones de las necesarias para dar a la frase una mayor solemnidad)
Ni nardos ni caracolastienen el cutis tan fino,ni los cristales con lunarelumbran con ese brillo.

Aliteración
(Es una repetición del sonido inicial en varias palabras de un mismo verso, estrofa o frase)
Si piensas que no soy su dueño, Alcino,suelta y verás si a mi choza vieneque aún tienen sal las manos de su dueño.

Onomatopeya
(Consiste en imitar sonidos reales por medio del ritmo de las palabras)
En el silencio sólo se escuchabaun susurro de abejas que sonaba.

Hipérbaton
(Consiste en invertir el orden gramatical de las palabras en la oración y la ilación lógica de las ideas)
Yo quisiera escribirlo, del hombredomando el rebelde, mezquino idioma.
«domando el rebelde, mezquino idioma del hombre»
Cerca del Tajo, en soledad amena,De verdes sauces hay una espesura.
«hay una espesura de verdes sauces»

Hipérbole
(Consiste en exagerar las cosas aumentando o disminuyendo la verdad de lo que se dice.)
«Tengo un sueño que me muero»

Érase un hombre a una nariz pegado:érase una nariz superlativa;érase una nariz sayón y escriba;érase un pez de espada muy barbado.

Personificación (Prosopopeya)
(Consiste en atribuir cualidades propias de los seres animados y corpóreos a los inanimados o abstractos y, en particular, los atributos humanos a otros seres animados o inanimados)
Los invisibles átomos del aireen derredor palpitan y se inflaman;

Sólo se oirá la risa blanca de las estrellasPersiguiendo a las sombras por todos los caminos.

Símil o comparación
(Expresa de una manera explícita la semejanza entre dos ideas valiéndose de las partículas como y cual.)
Murmullo que en el alma se eleva y va creciendo,como volcán que sordoanuncia que va a arder

Y todo en la memoria se rompía,tal una pompa de jabón al viento.

Paradoja
(Es una antítesis superada porque une ideas contradictorias por naturaleza, en un mismo pensamiento el cual generalmente encierra una verdad profunda)
La noche sosegada, en par de los levantes de la aurora,la música callada, la soledad sonora,la cena que recrea y enamora.

Vivo sin vivir en mí,y tan alta vida espero,que muero porque no muero

¡Oh soledad, que a fuerza de andar solase siente de sí misma compañera!

Perífrasis (circunlocución)
(Dice con un rodeo de palabras lo que podría decirse con menos o hasta con una sola)
Allí los ríos caudales,allí los otros, medianosy más chicos;allegados, son iguales
«los que viven por sus manos (por los artesanos) y los ricos.»
«Doméstico es del Sol nuncio canoro» (por el gallo)

Alusión
(Es la perífrasis que hace referencia a persona o cosa conocida sin nombrarla)
Aquél sólo me encomiendo,aquél sólo invoco yode verdad, que en este mundo viviendo,el mundo no conociósu deidad

Y cuando llegue el día del último viaje,y esté al partir la nave que nunca ha de tornar. . .

Eufemismo
(Es la perífrasis que se emplea para evitar una expresión penosa u horrenda, grosera o malsonante)
Le señaló la puerta. (por echarlo de casa)
Pasó a mejor vida. (por morir)

Ironía
(Da a entender lo contrario de lo que se dice)
¿Y quién duda que tenemos libertar de imprenta?¿Que quieres imprimir una esquela de muerto;más todavía, una tarjeta con todo tu nombre y tu apellido bien especificado? Nadie te lo estorba.

Sarcasmo
(Es la ironía misma cuando pasa al tono amargo o mordaz, cruel, insultante)
Gocemos, sí; la cristalina esferagira bañada en luz: ¡bella es la vida!¿Quién a parar alcanza la carreradel mundo hermoso que al placer convida?Brilla radiante el sol, la primavera,los campos pinta en la estación florida:Truéquese en risa mi dolor profundo . . .Que haya un cadaver más ¿qué importa al mundo?

Sinestesia
(Es la descripción de una experiencia sensorial en términos de otra.)
Que el alma que hablar puede con los ojostambién puede besar con la mirada.

Sobre la tierra amargacaminos tiene el sueño . . .

¡Qué tristeza de olor de jazmín!

TROPOS

Metáfora
(Es una identificación de un objeto con otro en virtud de una relación de semejanza que hay entre ellos, es decir, una comparación.)
El cristal del agua

Nuestras vidas son los ríosque van a dar a la marque es el morir . . .

Metonimia
(Es cuando se da a un objeto el nombre de otro por una relación de causa u origen.)
Vive de su trabajo

Respeto las canas

Tener la pluma fácil

Sinécdoque
(Consiste en designar un objeto con el nombre de otro debido a que hay una relación de coexistencia.)
Un rebaño de cien cabezas.

El hombre fue hecho de barro.

El salón se inquietaba.

Talaron la madera de la región.